¿Educación Tecnológica?
Cuando en la década del 90 algunos investigadores en la Fundación comenzamos a trabajar ideas en torno a la Educación Tecnológica, era difícil imaginar la significativa evolución de muchas tecnologías, no sólo las TICs, sino también las de gestión y las biotecnologías, y el crecimiento exponencial de su impacto social. Al mismo tiempo parecía, en aquél momento, que la enseñanza de la tecnología crecería indefinidamente y no era previsible que se diluyera en nuestro país tan rápida y notablemente.
Hoy, más de quince años después, estamos casi como cuando empezamos, tratando de que todos incorporen contenidos tecnológicos indispensables: en el hogar – por lo menos para reducir el porcentaje escalofriante de accidentes con niños –, en las calles y caminos – más de 7000 muertos anuales requieren educación vial en serio –, y en todos los ámbitos de la vida cotidiana. Y, obviamente, seguir hoy la evolución de la informática, las TICs y las telecomunicaciones para ser usuarios inteligentes y críticos, nos demanda un gran caudal de conocimiento tecnológico actualizado.
Todas las tecnologías – la Tecnología – han producido una gigantesca transformación de los modos de conocer, pensar, operar y por supuesto, enseñar y aprender. Paradojalmente, los seres humanos no sólo somos capaces de crear tecnología, también somos los únicos que podemos transformarla, mejorarla, expandirla, o desecharla y dejar de enseñarla.
Reconstruir la historia sobre la enseñanza de contenidos tecnológicos es la condición necesaria pero no suficiente para un análisis en serio. Sin esa historia no se puede comprender ni tomar dimensión de los problemas que se generan, pero reduciendo todo a ella podemos perder la capacidad de percibir la necesidad de cambios (es que si el futuro estuviese escrito en la historia, nunca habría cambios).
¿En esta historia, qué personas pueden hacerse cargo de que no se enseñe tecnología?
Probablemente, aquellas que no son capaces de asegurar, a partir de sus decisiones y omisiones, que la educación –básica, media o superior – brinde una formación que capacite para insertarse en el cotidiano mundo del trabajo.
Hoy deberíamos concebimos a la Tecnología no como un saber meramente instrumental sino dentro del contexto más amplio de la educación tecnológica, entendiendo por tal a la formación de personas capaces de participar con eficacia y responsabilidad en el proceso de creación y utilización de tecnología, combinando inteligencia, conocimientos, recursos y procedimientos con criterios económicos y sociales en el marco de un sistema de valores antropológicos, éticos y sociales.
Los educadores nos enfrentamos hoy con nuevas preguntas respecto de la vigencia de la Educación Tecnológica, ya que la pobreza creciente, la exclusión de muchos y la incertidumbre acerca de la sustentabilidad de nuestra vida como especie hacen necesario poner en juego todas las herramientas que poseemos para generar mejores condiciones de vida para todos. Tal como lo expresara Alvin Toffler, de las 850 generaciones que poblaron la Tierra, 650 vivieron en cavernas, y apenas las tres últimas pudieron usar el motor eléctrico... (no hablemos de agua potable, teléfono o Internet).
Como bien decía J. L. Borges, un texto, incluso breve, sobre un asunto inabarcable, puede llegar a ser excesivo. Sin embargo, esta breve reflexión sobre tecnología –al menos, en lo que respecta a su enseñanza – se justifica razonablemente como simple muestra de la importancia de las cuestiones que esta realidad genera, incluso mucho más allá de lo tecnológico.
Pero hay más, existe un discurso político viejo, viejo como el mundo, que sirve para tirar sobre la mesa en cualquier circunstancia que se considere conveniente. Es el que se articula sobre un doble rechazo: el rechazo a “no enseñar tecnología” y el rechazo al rechazo de “no enseñar tecnología”, clamando que no lo hacemos por sacrosantas razones propias del momento –problemas presupuestarios o lo que venga a mano (pobreza, crisis, inundación, deserción, pero básicamente, incompetencia)–.
Quienes echan mano a este discurso de doble rechazo lo hacen para tapar otros motivos reales de rechazo que suelen estar del lado de la omisión, la queja, o el desinterés: este discurso bipolar también es básicamente útil para la crítica a lo que hacen otros, o para sobrevivir en un sistema que dice aceptar pero que en el fondo repudia. Por eso prolifera la información incompleta, el conocimiento fragmentado, los puntos de vista provisionales y las opiniones sin fundamento. La reflexión sobre este discurso, que es cómodo para decir frente a un micrófono o para titular una noticia, pero que calla lo que de verdad quiere decir, debería ayudarnos a desmontar falacias y argumentar razonablemente sobre una cuestión tan clave para la educación de las nuevas generaciones.
Pero todos sabemos que hay grandes cambios y nuevas crisis gestándose en el mundo, a una velocidad mayor a la que estamos acostumbrados a poder entender, manejar y conjugar, en el universo de las relaciones humanas entre personas, grupos y naciones, la cultura, la economía, la política, y tantos otros aspectos de la vida humana en el planeta.
Como todos sabemos, o si no lo sabemos explícitamente lo intuimos, enseñar tecnología necesita sangre e ideas nuevas, formar a los formadores, pensar buenas estrategias, desarrollar contenidos consistentes y muchas otras cosas menos invocar los fantasmas del pasado, que nunca fue mejor. Pero mientras muchos hombres alimenten el sueño de obtener algo por nada –poder sin conocimientos, dinero sin trabajar, conocimientos sin estudio y calidad humana sin reflexión– florecerán las insignificancias, como diría Castoriadis …
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Opinión
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Tecnología y Educación
 Jorge E. Grau
1995; 1996
© Fundec
ISBN: 950 - 99745 - 5 – 2
Con este libro, en 1995, Fundec inició la Serie Tecnología, dedicada al tratamiento de la reconversión de la educación técnica en educación tecnológica y su transformación institucional.
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